En México, la industria del cine vive un momento de transición complejo: mientras las plataformas de streaming registran ganancias históricas y consolidan su presencia en millones de hogares, las salas tradicionales enfrentan una caída prolongada en la asistencia y en las ventas de boletos; a esto se suma un incremento sostenido en los precios, que impacta directamente en la decisión de los consumidores a la hora de elegir entre una experiencia presencial o el consumo bajo demanda.
De acuerdo con cifras de la Cámara Nacional de la Industria Cinematográfica (Canacine), en 2024 las cadenas de exhibición como Cinépolis, Cinemex, Cinedot, Cinebox y Citicinemas reportaron una asistencia 30% por debajo de los niveles previos a la pandemia. Este descenso se produce a pesar de los esfuerzos por mejorar la experiencia en sala con butacas más cómodas, proyecciones en formatos premium, membresías de fidelización y promociones bancarias.
El contraste con el streaming es evidente. Servicios como Netflix, Disney+, Prime Video, Max o Apple TV+ han fortalecido su catálogo y estrategias de retención, ofreciendo suscripciones mensuales que, en muchos casos, cuestan lo mismo o menos que un par de boletos de cine.
Esto ha alterado los hábitos de consumo: el espectador ahora puede acceder a estrenos globales, series y documentales desde cualquier dispositivo, sin costos adicionales por cada contenido.
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Precios en alza y asistencia en baja: una ecuación difícil para el cine
En 2019, justo antes de la emergencia sanitaria por COVID-19, el precio promedio de un boleto de cine en México era de 54.43 pesos. En 2024, esa cifra ascendió a 70.80 pesos, un incremento del 30% en cinco años. Solo en la primera quincena de mayo de ese año, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) reportó un alza del 14.82% en los precios de las entradas, lo que convirtió al boleto de cine en el segundo producto con mayor aumento dentro de la canasta de servicios.
- La inflación ha impactado en toda la cadena de valor: desde la renta de espacios en centros comerciales hasta el mantenimiento de infraestructura, pasando por el pago de licencias y costos de distribución.
Radamés Camargo, analista de The Competitive Intelligence Unit (The CIU), señala que “los cines deben cubrir gastos elevados en operación y personal, mientras las plataformas de streaming destinan su mayor inversión a tecnología, licencias y marketing, lo que les permite mantener un costo más competitivo para el usuario final”.
Este diferencial de costos, sumado a la posibilidad de acceder a un catálogo variado desde casa, ha llevado a muchos consumidores a priorizar su presupuesto en suscripciones mensuales en lugar de salidas esporádicas a las salas; según datos de Canacine, el promedio de asistencia por habitante en 2024 fue de 1.64 veces al año, una caída del 7.25% respecto a 2023 y muy lejos del récord de 2.77 visitas alcanzado en 2019.
El reto de competir con el streaming
El modelo de ventanas de exclusividad —periodo en el que una película solo puede verse en salas antes de llegar a plataformas— ha cambiado radicalmente desde la pandemia. Durante 2020 y 2021, estudios como Warner Bros. optaron por estrenos simultáneos en cine y streaming, lo que redujo la urgencia de acudir a las salas.
Aunque esa estrategia ha sido parcialmente revertida, el espectador se ha acostumbrado a esperar pocas semanas para ver un estreno en su suscripción habitual.
La oferta de streaming ha ampliado sus posibilidades con producciones originales, estrenos exclusivos y la flexibilidad de consumo. Esto no solo impacta a las grandes cadenas de exhibición, sino también a los cines independientes, que enfrentan el doble reto de atraer público y mantener costos accesibles.
- En espacios como la Cineteca Nacional, el boleto cuesta 50 pesos en días de promoción y 70 pesos el resto de la semana, mientras que en salas VIP de cadenas comerciales puede llegar a 172 pesos.
Aun así, el cine mantiene un valor que las plataformas no pueden replicar por completo: la experiencia colectiva.
Ver una película en pantalla grande, con sonido inmersivo y en compañía de decenas o cientos de personas, sigue siendo un atractivo para ciertos públicos, especialmente en estrenos blockbuster; sin embargo, esta ventaja se ve afectada por factores como el comportamiento del público en sala, la calidad de las instalaciones y la programación limitada a contenidos comerciales.
Lo de streaming rápidamente se está convirtiendo en una crisis existencial para Hollywood. Le apostaron todo a un modelo que con dificultad es rentable y, en el proceso, mataron el modelo tradicional de TV que producía increíbles ganancias (y lo hizo por décadas). Qué sigue?… pic.twitter.com/P70w8IXoos
— Miguel Araiza (@miguelaraizac) July 22, 2024
Propuestas para revitalizar la experiencia del cine
Expertos y analistas coinciden en que el sector necesita replantear su modelo de negocio para competir de forma más efectiva con el streaming. Entre las propuestas destacan:
1. Mejora de la experiencia en sala
Invertir en butacas, sonido, limpieza y atención al cliente, así como reforzar las normas de convivencia para evitar el uso de celulares o el ingreso tardío que interrumpe la proyección.
2. Programación diversa y contraprogramación
Combinar títulos de alto rendimiento comercial con producciones independientes, documentales y cine de autor en horarios accesibles, evitando que la cartelera se concentre solo en un tipo de público.
3. Modelos de suscripción más atractivos
Ofrecer planes que incluyan múltiples entradas al mes por una tarifa fija, con beneficios adicionales como descuentos en alimentos y bebidas.
4. Ajuste en los precios
Considerar estrategias como reducir el precio de las entradas y compensar la diferencia con un incremento en la venta de alimentos y bebidas, incentivando así una mayor asistencia.
5. Reforzar la exclusividad
Extender las ventanas de exhibición antes de que una película llegue al streaming, para devolver el valor de “evento imperdible” a los estrenos.
Un equilibrio aún pendiente
La industria del cine en México enfrenta un reto estructural que va más allá de la recuperación pospandemia; el incremento de los precios, la reducción en la asistencia y la presión competitiva del streaming obligan a repensar estrategias que equilibren rentabilidad y accesibilidad.
Mientras tanto, el espectador tiene más poder de decisión que nunca.
Elegir entre pagar por una salida al cine o destinar ese dinero a un mes de streaming dependerá de la capacidad de las salas para ofrecer una experiencia única, y de su habilidad para adaptarse a un consumo audiovisual cada vez más fragmentado y digitalizado.

