Un estudio internacional ha puesto en entredicho una de las recomendaciones más aceptadas en torno al sueño: la necesidad de dormir ocho horas diarias. Publicado en la revista Health Data Science, el trabajo, liderado por científicos de la Universidad de Pekín y la Universidad Médica del Ejército de China, analizó los datos de más de 88 mil adultos durante casi siete años.
El análisis, basado en sensores portátiles, permitió medir seis dimensiones clave del sueño: duración, inicio, ritmo, intensidad, eficiencia y despertares nocturnos.
El estudio concluyó que la regularidad —es decir, mantener horarios consistentes para acostarse y levantarse— tiene un impacto más significativo en la salud que el número de horas dormidas.
De acuerdo con los hallazgos, los patrones irregulares de sueño se asociaron con un mayor riesgo de desarrollar hasta 172 enfermedades, entre ellas cirrosis hepática, gangrena, enfermedad de Parkinson y diabetes tipo 2. Por ejemplo, acostarse después de las 12:30 a. m. incrementa 2,57 veces el riesgo de padecer cirrosis, mientras que la inestabilidad en los ciclos de sueño-vigilia eleva el riesgo de gangrena hasta 2,6 veces.
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JUST PUBLISHED: Phenome-wide Analysis of Diseases in Relation to Objectively Measured Sleep Traits and Comparison with Subjective Sleep Traits in 88,461 Adults
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— Science Partner Journals (@SPJournals) June 9, 2025
Nuevas implicaciones del estudio para la salud pública
El estudio no solo pone de relieve la importancia de los horarios constantes, sino que también desmonta un mito extendido: que dormir más de nueve horas es perjudicial. La investigación reveló que muchas personas que afirmaban dormir en exceso, en realidad dormían menos de seis horas; esta discrepancia entre percepción y realidad sugiere que anteriores estudios basados en autoinformes podrían haber ofrecido resultados imprecisos.
“Es hora de ampliar nuestra definición de buen sueño más allá de la simple duración”, señaló Shengfeng Wang, epidemiólogo y autor principal del estudio; además, los resultados fueron replicados en una muestra independiente del sistema NHANES en Estados Unidos, lo que confirma su validez en contextos culturales diversos.
Aunque los mecanismos biológicos aún no se comprenden completamente, los investigadores apuntan a la activación de vías inflamatorias como un posible vínculo entre la irregularidad del sueño y el desarrollo de enfermedades crónicas; el equipo plantea que futuros estudios deben centrarse en intervenciones que promuevan la regularidad del descanso como estrategia de salud preventiva.
Este estudio amplía la comprensión del papel del sueño en la salud pública y plantea un cambio de paradigma: no solo importa cuánto dormimos, sino cuándo y con qué consistencia.
En un mundo donde los horarios laborales y sociales afectan los ritmos biológicos, estos hallazgos podrían tener implicaciones profundas para las políticas de salud y bienestar a nivel global.
